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Carlos Romero

Reverendo Diácono

Domingo de Cristo Rey

Cristo, nuestro rey eterno.

Lucas 23:38

Sobre él había también un título escrito con letras griegas, y latinas, y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS

Estamos a las puertas del Adviento; el domingo próximo comenzaremos a recordar y a festejar con esperanza la venida de nuestro Señor Jesucristo al mundo. Él, la imagen del Dios invisible, a través del cual fueron creadas todas las cosas, se digna a visitar a sus criaturas, llenas de pecado, que no merecen, ni siquiera, atar los cordones de sus sandalias, ni comer de lo que sobra de su mesa. El Rey del universo se acerca. Él que ya era en el inicio del universo. Él que es la Palabra por la que Dios lo creó todo.  Ha decidido por amor a ti, asumir tu misma condición de hombre; ha decidido tomar la forma de siervo (Fil 2:6-7), para condenar al pecado en la carne. Él se hizo pobre, siendo rico y poderoso (2 Cor 8:9), viniendo a servir y no a ser servido, para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). He aquí la encarnación del Verbo que recordaremos en este Adviento.

La majestad de Dios se humilla, asumiendo nuestra naturaleza. El Rey viene a verte. Observa cómo se desarrolló su presencia en la tierra; reflexiona sobre como es su glorioso gobierno y como será su final juicio en los últimos días.

En el antiguo Israel existía un patrón más o menos fijo que te enseña como se producía el advenimiento, reconocimiento y consolidación de un rey. Las fases eran las siguientes:

  • Elección por Dios.
  • Unción.
  • Aclamación pública.
  • Firma del pacto.
  • Entronización.
  • Victorias que confirman el reinado.

En el principio, las tribus se gobernaban a sí mismas; solo en tiempos de tribulaciones, Dios levantaba un juez o caudillo para resolver los peligros derivados de la idolatría que azotaban al pueblo. El Señor de Israel cuidaba de su descarriado rebaño. Mas el pueblo quiso ser como las naciones vecinas y reclamó a Dios que escogiera un rey entre ellos. El Señor escuchó el clamor y levantó a Saul, hijo de Cis, de la pequeña tribu de Benjamín. Desobediente en extremo, Saul fue desechado por el Señor que apostó por el joven David, hijo de Isaí, de Judá para ocupar el trono. Desde entonces David y su casa son la señal perfecta de monarquía. Dios estableció un pacto con David. De la simiente de David, Dios levantará a su Rey. Lo avisó Isaías: De la raíz de Isaí, será levantado un vástago, sobre el que reposará el Espíritu de Dios y al que acudirán todas las naciones. Lo advirtió Jeremías, como leímos anteriormente: vendrán días en que Dios levantará a David un renuevo justo que reinará como Rey, haciendo justicia en la tierra.

Ese día llegó cuando el Ángel le dijo a María que su Hijo será grande, llamado Hijo del Altísimo y al que el Señor le da el trono de David. Dios, exclama el salmista en el salmo 2, ha puesto a su Rey sobre su santo nombre, Él es su Hijo, engendrado desde la eternidad. El Rey del Universo, coeterno con el Padre, había venido al mundo. Dios había cumplido su promesa, trasmitida a su pueblo por los profetas. El Padre había hecho su elección.

Jesús comenzó su ministerio público bajo las aguas del río Jordán. Si el joven David fue ungido por el profeta Samuel con aceite, Jesús, bautizado por el último y mayor de los profetas Juan el Bautista, recibió la pública unción, no con el aceite de los reyes y sacerdotes temporales, sino con el Espíritu Santo eterno, que, descendió sobre Él como paloma. Posteriormente, acudió a la sinagoga de Capernaún y exclamó ante todos, leyendo a Isaías 61: el Espíritu del Señor está sobre mi, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. Jesús es el Ungido, el Mesías de Dios. Aquel hijo de David ha sido ungido con el espíritu de sabiduría para juzgar recta y sabiamente.

Ungido con el poder de Dios, recorría Judea, Galilea y las tierras de su pueblo, realizando señales poderosas y proclamando la venida de su Reino. El pueblo, entusiasmado, lo aclamó con vítores allá donde pasaba. Multitudes se agolpaban para escucharlo. ¡Alégrate mucho, hija de Sion! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! He aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, ycabalgando sobre un asna, sobre un pollino hijo de animal de carga. Prometió Zacarías. Y entre voces de júbilo, los hijos de Jerusalén y las hijas de Sión aclamaron a Jesús cuando, entrando sobre un asna, manso, en la ciudad de David. ¡Hossana al Hijo de David!¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Todo el pueblo lo aclamaba como Rey y Salvador. ¿Entendieron realmente como era su reino?

Los reyes juraban ante los ancianos cumplir la Torah, la Ley. Prometía guardar todas las palabras de la ley para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, a fin de que los días de su reino sean prolongados. Así estaba escrito por Moisés en Deuteronomio 17:18-20. Mas los reyes humanos se desviaron del camino del Señor, andando desordenadamente y haciendo lo malo delante de los ojos de Dios. Su reinado temporal fue cortado. Sin embargo, la promesa de un Rey justo cuyo reinado fuera eterno se mantuvo incólume. Y se cumplió en Jesús. Jesús vino para cumplir toda la ley, no para abrogarla (Mateo 5:17-18). Él, nacido bajo la ley y que no conoció pecado, cumplió todos los santos mandamientos en tu lugar para que nosotros fuésemos hechos justos ante Dios en Él (2 Cor 5:21) Dios es nuestra justicia. Cristo es nuestra justicia.

El pueblo, confundido por los inicuos líderes que se sentaban sobre el trono de Dios, escribas y sacerdotes, fariseos y saduceos, condenó a su Rey ante Pilato pocas horas después de su aclamación gloriosa por las calles de Jerusalén. Ellos no entendieron que el Mesías no era el líder político militar que esperaban, aquel capaz de expulsar a los romanos de sus tierras. El Mesías-Rey que apuntaban las Escrituras y cuyos ciegos ojos no veían, era el Siervo justo que fue molido por nuestras rebeliones y que dio su vida para el rescate de muchos, tal y como anunció Isaías. La revolución que trajo Jesús no fue sangrienta, sino de humildad, amor y sacrificio. Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga, proclamó Jesús tiempo atrás al pueblo. Enfunda tu espada y toma tu cruz, siguiendo su ejemplo. He aquí el mensaje de tu Rey. Detenido y humillado por los romanos, las expectativas del pueblo se vieron frustradas y su insatisfacción reclamaba sangre, la sangre del Mesías prometido.

Insultado y vilipendiado sus manos y pies fueron atravesados por los clavos en la vil cruz. La cruz, signo de humillación extrema reservado a los peores malhechores, es su trono. Él, que no conoció pecado, se hizo maldito por tu causa. Él fue humillado para que tú puedas ser exaltado. Y sobre su cabeza, en la parte alta del madero, escrito está en hebreo, latín y griego: he aquí el rey de los judíos. El cartel, situado sobre las cabezas del pueblo, apunta al cielo, allí donde ascendió tras su resurrección.

Era necesaria su muerte para vencer a la muerte en su terreno. Resucitado a los 3 días, ascendió a los cielos donde se sentó para siempre a la diestra del trono de Dios (Hebreos 12:2) y desde el Padre le dio el dominio de todas las cosas que las tiene por estrado bajo sus pies (Ef 1:22 y Salmo 110.1). A Él están sujetos ángeles, autoridades y potestades (1 Pedro 3:22) Toda autoridad le ha sido dada allá en el cielo y acá en la tierra (Mateo 28:18)

La destrucción de la muerte es la confirmación de su reinado. Él, descendiente de mujer, aplastó la cabeza de la serpiente como Dios prometió a Adán y Eva. Su resurrección es la prueba visible de la derrota de la muerte. Su resurrección es la prueba visible de que Dios le ha dado el dominio eterno que prometió a David, su siervo. Desde las nubes vino con gran poder y gloria para que sus enemigos vieran como su sistema corrupto caía en el año 70 d.C. Y desde allí volverá para juzgar a los vivos y a los muertos.

No apartes tu mirada del cartel de la cruz: allí tienes a tu rey dando su preciosa sangre por ti. Mira al cielo donde está sentado en su trono celestial, intercediendo por ti. No te olvides del sacrificio que sufrió ti porque algún día retornará para juzgarte. Tu alma se reunirá con tu carne glorificada y te llevará a su reino eterno, a los nuevos cielos y nueva tierra, donde mora la justicia (2 Pedro 3:13) y allí, frene al trono de Dios y del Cordero, habitarás para siempre y verás, por fin, el rostro del Rey que reina por los siglos de los siglos.

Señor Jesús, Rey de reyes, te damos gracias porque gobiernas con justicia, amor y poder. Que tu Reino sea nuestro guía y fortaleza, y que vivamos con fe y esperanza hasta tu venida gloriosa. A ti sea la gloria por siempre. Amén.

En Torre del Mar (Málaga) a 23/11/2025.

IN ENGLISH:

Christ the King Sunday (Lectionary C)
Christ, Our Eternal King

Luke 23:38 (NKJV)

And an inscription also was written over Him in letters of Greek, Latin, and Hebrew:

THIS IS THE KING OF THE JEWS.

We are at the door of Advent; next Sunday we will begin to remember and celebrate with hope the coming of our Lord Jesus Christ into the world. He, the image of the invisible God, through whom all things were created, deigns to visit His creatures, full of sin, who do not even deserve to tie the straps of His sandals, nor to eat from what remains on His table. The King of the universe approaches. He who already existed at the beginning of the universe. He who is the Word through whom God created all things. He has decided, out of love for you, to assume your same human condition; He has decided to take the form of a servant (Philippians 2:6‑7), to condemn sin in the flesh. He became poor, being rich and powerful (2 Corinthians 8:9), coming to serve and not to be served, to give His life as a ransom for many (Matthew 20:28). Behold the incarnation of the Word, which we will remember this Advent.

The majesty of God humbles Himself, taking on our nature. The King comes to see you. Observe how His presence developed on earth; reflect on how His glorious rule was, and how His final judgment will be in the last days.

In ancient Israel, there was a more or less fixed pattern that teaches how the advent, recognition, and consolidation of a king occurred. The phases were as follows:

  • Choice by God.
  • Anointing.
  • Public acclamation.
  • Covenant signing.
  • Enthronement.
  • Victories that confirmed the reign.

At first, the tribes governed themselves; only in times of tribulation did God raise up a judge or leader to solve the dangers derived from idolatry that struck the people. The Lord of Israel cared for His wayward flock. But the people wanted to be like the neighboring nations and asked God to choose a king among them. The Lord listened to their cry and raised Saul, son of Kish, from the small tribe of Benjamin. Disobedient to the extreme, Saul was rejected by the Lord, who chose the young David, son of Jesse, from Judah, to occupy the throne. From then on, David and his house are the perfect sign of monarchy. God established a covenant with David. From David’s line, God would raise His King. Isaiah announced it: From the root of Jesse, a Branch will be raised, upon whom the Spirit of God will rest, and all nations will seek Him. Jeremiah warned: days will come when God will raise a righteous Branch from David to reign as King, doing justice on the earth.

That day arrived when the Angel told Mary that her Son would be great, called the Son of the Most High, and that the Lord would give Him the throne of David. God exclaims in the psalmist, in Psalm 2, that He has set His King over His holy name. He is His Son, begotten from eternity. The King of the Universe had come into the world. God had fulfilled His promise, transmitted to His people through the prophets. The Father had made His choice.

Jesus began His public ministry in the waters of the Jordan River. If the young David was anointed by the prophet Samuel with oil, Jesus, baptized by the last and greatest of the prophets, John the Baptist, received the public anointing, not with the oil of temporary kings and priests, but with the eternal Holy Spirit, who descended on Him like a dove. Later, He went to the synagogue in Capernaum and exclaimed before all, reading from Isaiah 61: “The Spirit of the Lord is upon Me, because He has anointed Me to bring good news to the poor.” Jesus is the Anointed One, the Messiah of God. That son of David was anointed with the Spirit of wisdom to judge rightly and justly.

Anointed with God’s power, He traveled through Judea, Galilee, and the lands of His people, performing powerful signs and proclaiming the coming of His Kingdom. The people, excited, acclaimed Him with cheers wherever He went. Crowds gathered to hear Him. “Rejoice greatly, O daughter of Zion! Shout aloud, O daughter of Jerusalem! Behold, your King comes to you, righteous and savior, humble, riding on a donkey, on a colt, the foal of a donkey.” (Zechariah) And among shouts of joy, the sons of Jerusalem and daughters of Zion acclaimed Jesus as King and Savior when He entered the city of David on a gentle donkey. “Hosanna to the Son of David! Blessed is He who comes in the name of the Lord!” Did the people really understand what His kingdom was like?

Kings swore before the elders to keep the Torah. They promised to guard all the words of the law so that their hearts would not be lifted above their brothers, so that the days of their kingdom would be prolonged (Deuteronomy 17:18‑20). But human kings turned from the Lord’s path, walking disorderly and doing evil before God’s eyes. However, the promise of a righteous King whose reign would be eternal remained intact. And it was fulfilled in Jesus. Jesus came to fulfill all the law, not to abolish it (Matthew 5:17‑18). He, born under the law and who knew no sin, fulfilled all the holy commandments in your place so that we could be made righteous before God in Him (2 Corinthians 5:21). God is our righteousness. Christ is our righteousness.

The people, confused by the wicked leaders sitting on God’s throne—scribes, priests, Pharisees, and Sadducees—condemned their King before Pilate just a few hours after His glorious acclaim through the streets of Jerusalem. They did not understand that the Messiah was not the political-military leader they expected, capable of expelling the Romans from their land. The Messiah-King pointed to in the Scriptures, whose blind eyes they did not see, was the righteous Servant who was crushed for our rebellions and gave His life as a ransom for many, as Isaiah announced. The revolution Jesus brought was not bloody, but of humility, love, and sacrifice. “If anyone wants to follow Me, let him deny himself, take up his cross, and follow Me,” Jesus had proclaimed. Sheathe your sword and take your cross, following His example. Here is the message of your King. Arrested and humiliated by the Romans, the expectations of the people were frustrated, demanding the blood of the promised Messiah.

Insulted and mocked, His hands and feet were pierced by nails on the vile cross. The cross, a sign of extreme humiliation reserved for the worst criminals, is His throne. He, who knew no sin, was made cursed for your sake. And above His head, at the top of the wood, written in Hebrew, Latin, and Greek: THIS IS THE KING OF THE JEWS.” The sign, placed above the heads of the people, points to heaven, where He ascended after His resurrection.

His death was necessary to defeat death itself. Resurrected three days later, He ascended to heaven, where He sat forever at the right hand of the throne of God (Hebrews 12:2), and from the Father, He was given dominion over all things, which are placed under His feet (Ephesians 1:22; Psalm 110:1). Angels, authorities, and powers are subject to Him (1 Peter 3:22). All authority has been given to Him in heaven and on earth (Matthew 28:18).

The destruction of death is the confirmation of His reign. He, the descendant of woman, crushed the serpent’s head as God promised Adam and Eve. His resurrection is the visible proof of the defeat of death. His resurrection is the visible proof that God has given Him the eternal dominion promised to David, His servant. From the clouds, He came in great power and glory so that His enemies might see how His corrupt system fell in A.D. 70. From there, He will return to judge the living and the dead.

Do not turn your eyes away from the sign of the cross: there is your King giving His precious blood for you. Look to heaven, where He sits at His celestial throne, interceding for you. Do not forget the sacrifice He endured for you, because one day He will return to judge. Your soul will be reunited with your glorified body and will carry you to His eternal kingdom, in the new heavens and the new earth, where righteousness dwells (2 Peter 3:13). There, before the throne of God and the Lamb, you will dwell forever and see, at last, the face of the King who reigns for ever and ever.

Almighty and everlasting God, whose will it is to restore all things in your dearly beloved Son, the King of kings and Lord of lords: Grant, we beseech thee, that all the peoples of the earth, divided and enchained by sin, may be set free and united under his reign of love; who liveth and reigneth with thee and the Holy Spirit, one God, now and for ever. Amen.

In Torre del Mar (Málaga) , 23/11/2025.

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