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Carlos Romero

Reverendo Diácono

Jesús y el divorcio.

Jesús y el divorcio: Volviendo al corazón de Dios

Cuando Jesús habló sobre el matrimonio y el divorcio, no lo hizo desde una postura legalista ni desde una fría discusión rabínica. Lo hizo desde el corazón mismo de Dios, desde ese amor que crea, une, protege y restaura. Para comprender la enseñanza de Jesús, es necesario volver al principio, a la intención original del Creador.

El diseño original: un pacto que une vidas

En Génesis y en las palabras de Jesús resuena la misma visión:
“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer… y serán una sola carne. Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.”

Aquí no se describe simplemente un acuerdo humano, sino un misterio sagrado. Dios mismo participa en la unión de dos personas que deciden compartir su vida, su historia, su cuerpo y su futuro. No es un vínculo frágil o superficial, sino una alianza que Él protege y bendice. En el ideal divino, el matrimonio no es una carga, sino un refugio; no es un contrato, sino un pacto de amor y fidelidad.

Cuando la ley permitió el divorcio

Aun así, la Biblia nos muestra que, debido a la dureza del corazón humano, el divorcio se convirtió en una realidad dentro del pueblo de Dios. En Deuteronomio 24:1, Moisés permitió que el hombre entregara una carta de divorcio a su esposa. Pero conviene entender el contexto: en aquella sociedad, la mujer no tenía la capacidad legal para solicitar un divorcio y quedaba extremadamente vulnerable si era rechazada o expulsada del hogar.
La ley de Moisés, lejos de promover las separaciones, buscaba contener el daño. Era una regulación para limitar el abuso, un intento de proteger a quienes podían ser perjudicados por las decisiones impulsivas o injustas del marido. La intención de Dios no cambió; lo que cambió fue la manera de atender la fragilidad humana en un tiempo concreto.

Interpretaciones que distorsionaban el propósito

Con el paso del tiempo, surgieron dos grandes corrientes rabínicas que interpretaron la ley de divorcio de formas muy distintas.
La escuela de Shammai mantenía una visión estricta: solo pecados realmente graves justificaban una separación. La escuela de Hillel, más flexible, permitía al hombre divorciarse casi por cualquier motivo, incluso por cuestiones insignificantes.
En tiempos de Jesús, algunos fariseos se aferraban a esta interpretación permisiva y trivializaban el matrimonio. Bastaba una molestia o una discusión para justificar una ruptura. La ley había pasado de ser un escudo protector a convertirse en una excusa para abandonar sin responsabilidad.

Jesús devuelve la ley a su corazón: el amor

Ante esta confusión, Jesús no entra en debates académicos. Responde devolviendo la mirada al origen: al corazón de Dios.
Señala que el matrimonio fue pensado para ser un refugio seguro, especialmente para la parte más vulnerable. En aquel tiempo, eso significaba la mujer; en nuestros días, puede significar cualquiera de los dos, dependiendo de la situación.
Jesús denuncia el uso frío y superficial de la ley y lo reemplaza por el principio eterno que sostiene todo: el amor que protege, que cuida y que honra la dignidad del otro. La enseñanza de Jesús no endurece el corazón de la ley; lo revela.

“Dios aborrece el repudio”: un rechazo al daño, no a las personas

El profeta Malaquías lo expresa claramente:
“Porque Jehová… dice que él aborrece el repudio.”
No se trata de una condena hacia quienes han pasado por una separación dolorosa. Es un rechazo divino hacia aquello que destruye hogares, rompe promesas y deja a alguien sin amparo. Dios no aborrece a las personas; Él aborrece la injusticia, la dureza y el egoísmo que arruinan vidas.
Cada vez que la Biblia habla de divorcio, lo hace desde la compasión, no desde la condenación.

La santidad como camino compartido

Para Jesús, el matrimonio es una oportunidad única para aprender a amar como Él ama. No es un espacio para exigir, sino para entregarse; no un lugar para imponerse, sino para crecer juntos.
La santidad matrimonial no consiste en perfección, sino en el esfuerzo diario de renunciar a aquello que hiere al otro, y en abrazar aquello que edifica. El amor se convierte así en una forma de santificación mutua, donde Dios moldea el carácter de ambos para que sean reflejo de su gracia.

El matrimonio como reflejo del amor fiel de Dios

La Escritura completa está atravesada por una poderosa imagen: Dios como esposo fiel y su pueblo como esposa amada. En Oseas, vemos a un Dios que no abandona, aun cuando su pueblo le ha fallado. En el Nuevo Testamento, Cristo se convierte en el esposo que se entrega por su Iglesia, que la limpia, la restaura y la hace nueva.
Cuando un matrimonio se esfuerza en perdonar, sanar, dialogar y permanecer, está reflejando ese amor que Dios ha mostrado una y otra vez a la humanidad.

La historia culmina en una boda

La Biblia empieza con un matrimonio, Adán y Eva, creados de la misma naturaleza, y termina con uno: Cristo uniéndose a su Iglesia, la nueva Jerusalén “ataviada como una esposa para su marido”.

Esa boda final no representa simplemente un símbolo, sino la consumación del amor eterno de Dios. Será un encuentro sin dolor, sin miedo, sin traiciones ni rupturas. La comunión perfecta entre Dios y su pueblo.

Mientras llega ese día, cada matrimonio que busca honrar a Dios se convierte en un anticipo de esa gloria futura. Son pequeñas luces del Reino que viene, señales vivas del amor que no se rompe, sino que se consuma para siempre.

Nuestro amor humano, con sus luchas y sus límites, apunta siempre al Amor eterno que nos espera. Y Jesús, al hablar del matrimonio y el divorcio, no nos da una ley fría, sino una invitación: volver al corazón del Dios que une, que restaura y que ama sin condiciones.

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