Marcos 10:17-31
Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz
Una mañana cualquiera, mientras Jesús proseguía su camino en Judea, un joven con atuendo suntuoso, se postra ante Él, en actitud suplicante. Era el joven rico, protagonista de nuestra historia. Pese a su opulencia, al joven le angustiaba su devenir espiritual. Tenia preguntas acerca de la vida eterna. Le asustaba morir y descender al Sheol, lejos de Dios, angustiado por la oscuridad y la desesperación. “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” le pregunta a Jesús, sin apartar sus avergonzados ojos del suelo.
Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre, responde Jesús.
Él entonces, contestando, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud.
El joven interlocutor de esta historia se tenía por piadoso, fiel cumplidor de los mandamientos de Dios para con los hombres. Es la llamada justicia exterior. Es aquella que hasta los paganos tienen. El que practica esta justicia no comete adulterio, tampoco mata ni daña a su prójimo. El hurto le repugna, no miente ni tampoco engaña a los demás para obtener rédito económico. Respeta y honra a sus padres y a sus superiores. Ayuda a todo aquel que precisa de auxilio, obrando conforme a la regla evangélica de Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos.
Es posible que el joven rico, al igual que una buena parte de los judíos piadosos de la época de Jesús, cumpliera en mayor o menor medida la tabla de los mandamientos para con el prójimo. De corazón querían agradar a Dios y alcanzar el reino, absteniéndose de todo lo malo y realizando todo lo bueno.
Jesús, conociendo el corazón del joven, le amó. Porque Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8) El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Jesús viene ahora a salvar a este angustiado muchacho.
El joven rico se tenía por piadoso cumplidor de la Ley mas una cosa le restaba para alcanzar la vida eterna. Jesús que no quiere que nadie se pierda, sino que todos alcancen salvación, quiere mostrarle su carencia. Le responde:
Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.
El joven rico era un casi salvo. ¿Qué le faltaba?
El amor a Dios por encima de todas las cosas, especialmente de las riquezas materiales, fábrica de ídolos en los corazones de los hombres. Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas.” Ese amor que llena el corazón, que se posesiona de todos los afectos. En Dios está su continuo gozo. El que ama a Dios por sobre todo se une al cántico de la Bendita Madre de Dios cuando clamaba:
Engrandece mi alma al Señor;
y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
Aquel que exclama junto con el Salmista:
«¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.» (Salmo 73:25)
El que ama el dinero no se saciará de dinero, afirma Eclesiastés 5:10. Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás (Juan 4:13-14)
El que ama a Dios tiene saciada su alma y en el postrero día en la nueva tierra podrá saciarse plenamente del río limpio de agua de vida que del trono de Dios y del Cordero sale.
¿Cómo conseguir ese tan intenso amor por Dios?
Por la fe. Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios, (1 Juan 5:1) Una fe que no es un mero asentimiento o creencia intelectual de que Jesús nació de una virgen, realizó milagros, sufrió una muerte penosa por nuestra culpa y resucitó al tercer día. No es solo una fe de cabeza, sino principalmente una fe de corazón y alma. La fe que hace que nazcas de nuevo, del espíritu, de lo alto. La fe consiste en tener una plena seguridad y completa certeza de que Cristo te ha salvado de la muerte eterna. Es una confianza firme y una certidumbre inalterable de que Dios ha perdonado todos tus pecados por los méritos de Cristo, y de que te ha reconciliado con El; lo que inspira amor en tu corazón y la obediencia de sus santos mandamientos.”
Es la fe que te hace amar a Dios y a tu prójimo. El que ama ha conocido a Dios (1 Juan 4:7-8) El cumplimiento de la ley es el amor.
Siendo así, el joven rico, al marcharse entristecido ante la respuesta de Jesús, a priori demostraba que su amor no se hallaba en Dios, sino en sus tesoros. Parece que manifestaba que cumplía una justicia exterior para con los demás, pero carecía de la fe transformadora que hace al hombre amar a Dios por encima de todo, deleitándose en sus mandamientos y meditando sobre ellos día y noche. No buscaba el reino de Dios y su justicia para que, posteriormente, todas las necesidades materiales le fueran cubiertas, sino que anhelaba la seguridad que las riquezas comportaban en su vida. Sus riquezas, aparentemente, eran su castillo fuerte, su roca y su escudo.
Ahora yo os cuestiono, ¿eres recto en justicia exterior como el rico joven?¿te abstienes de dañar a tu prójimo? ¿te tienes por buena persona?
O quizás, ¿tienes en Dios tu alegría, tu confianza y todo tu corazón? ¿Confías en Él más que en cualquier riqueza, hombre, poder o gloria? ¿Amas a vuestro prójimo porque es el reflejo de Dios en la tierra, incluso aunque el dicho hombre sea tu enemigo? ¿Crees que Cristo te ha reconciliado con Dios y que tus muchos pecados ya no se te imputan por causa del sacrificio y triunfo de Cristo sobre la muerte?¿Tienes la certeza de que Dios ya no ve mancha en ti, sino la pura justicia de Cristo sellada en tu corazón?
En Almería, a 21/06/2026

