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Carlos Romero

Reverendo Diácono

Quinto Domingo después de la Trinidad: la Eucaristía, señal del nuevo pacto.

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel

después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su

mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por

Dios, y ellos me serán por pueblo (Jeremías 31)

Jeremías esperanzaba a los angustiosos judíos que, exiliados en Babilonia, lloraban por haberlo perdido todo.

Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aun llorábamos,
acordándonos de Sion. (salmo 137)

Expulsados de su prometida y ancestral tierra por causa de su rebeldía a regiones extrañas, el Señor daba una nueva esperanza por boca de Jeremías.

En el Sinaí, Dios formuló un pacto con su libertado pueblo. Un pacto marcado con sangre del animal sacrificado. Un pacto que se manifestó visiblemente en la Ley, la Torah, la voluntad de Dios esculpida en piedra que debía ser cumplida por el pueblo.

Tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.”

“Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas.” (Éxodo 24: 7-8)

Mas el pacto de redención no se hizo en el Sinaí, sino 40 días antes, en el interior de Egipto.

La Pascua fue instituida por Dios como señal de la liberación de la esclavitud de Egipto. En este día se conmemoraba, mediante el sacrificio y posterior comida del cordero Pascual, la liberación del pueblo de la tiranía de la esclavitud egipcia.

Libertados de la esclavitud, el pueblo se comprometió a obedecer los mandatos del Señor, entregados en el Sinaí. Con todo, su duro corazón les hizo desviarse del recto camino, como el profeta Daniel confesaba durante su exilio:

No obedecimos a la voz de Jehová nuestro Dios, para andar en sus leyes…”

“Todo Israel traspasó tu ley…”(Daniel 9:10-11)

Las advertencias de los profetas habían caído en saco roto. La ley de Dios era olvidada en Judá y en Israel. El pueblo tapaba sus oídos al Dios de los ejércitos e inclinaba sus cabezas a los ídolos cananeos. Menospreciando a la viuda, al huérfano y al extranjero, las ofrendas que llevaban al templo repugnaban al Señor. Endurecieron su cerviz e hicieron peor que sus padres que dudaron de Moisés y de Dios en el desierto. Hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio.” 2 Crónicas 36:16

Padeciendo estaban las consecuencias de su desobediencia, cuando Jeremías envía este mensaje al Israel en el exilio.

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel

después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su

mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por

Dios, y ellos me serán por pueblo.

Dios es el esposo fiel que perdona y tiene misericordia de su esposa infiel, su pueblo. Jamás la abandona, pese a sus rebeldías.

Israel ha demostrado que, incapaz de cumplir la voluntad del Señor, solo adultera y comete maldades. No hay ininguno justo que cumpla la voluntad de Dios. Todos se han desviado y se hacen merecedores de la ira de Dios.

Mas el Señor no es hombre como para arrepentirse. Prometió en la boca de Jeremías un nuevo pacto escrito no en ásperas tablas de roca, sino en el corazón de su pueblo. Él está prometiendo la restauración de Israel completo. No una restauración parcial e imperfecta, como la llevada a cabo por Josué y Zorobabel durante el régimen persa. Después de la restauración bajo Zorobabel (y más tarde con Esdras y Nehemías), Israel volvió físicamente a la tierra, reconstruyó el templo y restauró parte del culto. Sin embargo, el problema del corazón no desapareció. Nehemías ya condenaba al pueblo por despreciar el día de reposo (Neh 13:15-17), Malaquías criticaba la corrupción sacerdotal (Mal 1:7-8) o la injusticia social hacia los jornaleros (3:5) Esta restauración, por tanto, no es la prometida por el Señor de la mano de Jeremías.

luego todo Israel será salvo, como está escrito:
Vendrá de Sion el Libertador,
Que apartará de Jacob la impiedad.”

“Y este será mi pacto con ellos,
Cuando yo quite sus pecados. (Romanos 11:26-27)

La sangre de Jesucristo derramada en la Cruz sella el nuevo pacto. He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El corazón nuevo y el nuevo espíritu que prometió Ezequiel (36:26-27) ha sido entregado por Cristo a través del Santo Espíritu a todos aquellos que ya no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Exaltado a la diestra de Dios, Jesús ha derramado el Espíritu a todo su pueblo. Como está escrito en Hebreos 8, el viejo pacto ha quedado invalidado. El nuevo pacto, un nuevo testamento , ha nacido en la Cruz, con la muerte del testador, y su señal visible se halla en esta mesa:

Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí (1 Corintios 11:25)

En la antigüedad los pactos se confirmaban con sacrificio y una comida compartida de comunión. Los animales del sistema de sacrificios antiguos eran meras señales, sombras del porvenir. No podían quitar más pecados que los del día. Mas Cristo, sin mácula, que no conoció pecado, por ti se hizo pecado y maldito, murió sacrificado sin abrir su boca.

Ahora comemos su cuerpo por fe como comida de comunión con Él y entre nosotros. Es el sello del nuevo pacto proclamado por Jeremías. La presencia de lo Santo se halla entre nosotros. A través de nuestra fe, ascendemos a los cielos, en presencia de Cristo, para unirnos con Él en esta Santa Mesa. Él está aquí por medio de su Santo Espíritu. Estos dones de pan y vido han sido apartados, santificados, para su uso santo. No son meros panes comunes. Ahora son medios de presencia viva de Cristo entre nosotros.

Al acercarnos a la Mesa, estás proclamando la victoria de Cristo sobre el pecado y anuncias su retorno en los días de la consumación final. La Santa Cena se configura como un anticipo de las bodas del Cordero de la nueva creación, cuando se disipe la separación entre el cielo y la tierra y habitemos en cuerpos resucitados frente a Dios y al Cordero.

Confiados en que el viejo pacto de obras ha quedado obsoleto por la dureza de los corazones de los hombres, confía en la sangre del Cordero que te abre el camino del Padre. Cristo ha derramado su espíritu sobre ti y te ha dado un corazón nuevo. Al acercarte a su Mesa, no estás tomando pan ordinario, sino estás recibiendo al propio Cristo en tu nuevo corazón de carne.

En Almería, a 05/07/2026.