Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz (Lucas 16:1-16)
En una sociedad agrícola como la de la Judea del siglo I, era común el trueque de productos agrarios no solo como medio de pago, sino también como forma de influenciar a otros. La parábola de hoy es tenida por extraña, oscura o incluso, desconcertante. ¿Está alabando Jesús la actitud de un mayordomo que hace que su señor pierda bienes? ¿Jesús promueve el engaño? Para resolver este aparente misterio, debemos conocer el contexto cultural y el mensaje espiritual que Cristo pretende mostrar a su audiencia, acudiendo a un ejemplo que, sin duda, ellos comprenderían a la perfección.
El mayordomo gestiona los bienes de su señor. Los administra en su nombre. No ejerce propiedad sobre ellos. Él no tiene derecho a usar como quiera lo que se le ha entregado en depósito, sino según las direcciones de su amo. No tiene derecho de disponer de nada de lo que maneja, sin la voluntad de su señor. Solo las puede usar bajo una condición: según las órdenes de su amo. Sabiendo cerca su despido, pretende ganarse la simpatía de otros señores, deudores de su amo, reduciendo la deuda que éste tiene para con aquellos. Actuando así, no solo beneficia a los deudores y a sí mismo, sino que está mostrando, asimismo, una imagen de su amo llena de benevolencia y generosidad. Fruto de ello, recibe las alabanzas de su señor por haber actuado sagazmente, de forma inteligente e, indirectamente, beneficiosa para sí mismo.
Ahora bien, este es el caso en que se encuentra el hombre en su relación para con Dios. No disponemos de un derecho a uso y disfrute de forma absoluta de aquello que el Señor en su infinita misericordia ha depositado en nuestras manos. Solo podemos emplearlo conforme a la voluntad de Aquel que es el único Señor del cielo y la tierra.
Los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Génesis 1:28)
Todo es tuyo, Señor, y de lo recibido de tus manos, te damos, dice 1 Crónicas 29:14 y repetimos en el Ofertorio de nuestra liturgia.
¿Qué nos ha confiado el Señor? Él nos entregó como mayordomos:
Un alma. La persona está compuesta por alma y cuerpo. El alma se entiende por una sustancia viva, espiritual, que da vida al cuerpo, capaz de conocer, querer y de amar, orientada a unirse con Dios. Insuflado aliento de vida por la nariz de Adán, este vivió. El alma está formada por tanto por entendimiento de la verdad, de la bondad de Dios o de conocer el mal, de voluntad, que elige a Dios o al pecado y de amor, capaz de amar a Dios o al mundo.
- Siendo así, Dios quiere que usemos nuestro entendimiento a conocer la bondad de Dios, de su plan salvífico para con nosotros y de su voluntad. Fíate de Jehová de todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propia prudencia (Proverbios 2:6) - Él quiere que sometamos nuestra voluntad enteramente a la suya, y dejar que El guíe y dirija nuestros afectos. Los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia (Deuteronomio 30:19)
- Finalmente, el Señor anhela que nuestro amor se dirija solo hacia Él y hacia sus criaturas como creadas a su imagen y semejanza. Debemos amar y odiar, regocijarnos y congojamos, desear o evitar, esperar o temer, según la regla que nos da Aquel de quien somos criaturas y a quien debemos servir en todo y por todo
Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas (Deuteronomio 6:5)
Por tanto, tu alma debe dirigirse a conocer a Dios, cumplir su voluntad y amarlo con todo tu corazón, mente y alma.
Un Cuerpo. El cuerpo es la realidad material que, unida al alma, forma la persona completa. Hemos sido creados completos por el Señor y a Él pertenecemos. Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado». (Salmo 100) Todos nuestros miembros deben moverse conforme a su santa voluntad. Cada palabra dicha con nuestra lengua, cada movimiento de pies o manos, cada gesto, todo debe servir para alabar a Dios.
Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Que todo hecho sea presentado como sacrificio agradable al Señor.
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional (Romanos 12:1)
Cosas temporales. Dios nos ha confiado, en tercer lugar, ciertas cosas temporales: alimentos que tomar, vestidos que ponernos; un lugar donde reposar la cabeza; no sólo las cosas necesarias a la vida, sino también las comodidades. Sobre todo, nos ha hecho depositarios de ese precioso talento que compra todo lo demás, el dinero. Si el Señor te da tesoros en formad de dinero y bienes, no los acapares para tu exclusivo beneficio y comodidad. ¿Te llamas cristiano e ignoras al hermano en necesidad?
Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1 Juan 3:17)
No acumules bienes, confiando en que ellos te darán seguridad. La raíz de todo mal es el amor al dinero y tu dinero no bajará contigo al Seol cuando llegue tu hora.
Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Mateo 6:21)
Talentos. Son la fortaleza del cuerpo, la salud, el buen parecer, las maneras afables, el saber y los conocimientos de varias clases, y todas las ventajas de una buena educación, el tiempo y la gracia de Dios. ¿A qué dedicas tu conocimiento y tu tiempo? ¿Al mero ocio vacío?¿ A promover la expansión del reino de Dios?¿A ayudar a tu prójimo para que todos puedan alabar a Dios en ti?¿Cómo usas la Gracia que Dios ha depositado en ti? El talento no se debe ocultar en tierra, sino invertirlo para que de más y más fruto.
Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios (1 Pedro 4:10)
El Señor te ha confiado una parte muy considerable de las muchas cosas que son exclusivamente suyas, pero no para siempre ni por mucho tiempo. Se te confía este depósito sólo por un corto tiempo, durante el período incierto de tu peregrinación en la tierra; se apresura la hora. Se acerca el tiempo donde deberás dar cuenta de tu mayordomía. En el momento en que el cuerpo se torna al polvo, el polvo de que es hecho, y el espíritu a Dios que lo dio, ya no tenemos el carácter de mayordomos, se te acaba el empleo.
De qué nos sirven después de esta vida el alimento, el vestido, las casas y las posesiones terrenas El orín y la polilla lo destruyen todo.
En el momento en que el espíritu vuelve a Dios, dejarás de ser mayordomos de esta máquina que es sembrada entonces en corrupción y deshonra.
«En el sepulcro, a donde tú vas, no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría (Eclesiastés 9:10)
El mayordomo de la parábola sabía que su tiempo de mayordomía estaba pronto a desaparecer y lo aprovechó para alcanzar las moradas eternas.
Se acerca la hora del juicio, donde tendrás que cuenta ante el «gran trono blanco» y ante El, que está sentado en el trono delante del cual huirá la tierra y no será hallado el lugar de ellos. Entonces «los muertos, grandes y pequeños,» estarán delante de Dios y los libros serán abiertos el libro de la Escritura ante aquellos a quienes se les confió;
Preguntará entonces el Juez universal: ¿Cómo empleaste tu alma? Te confié un espíritu inmortal, entendimiento, imaginación, memoria, albedrío y afectos. Te di también direcciones claras de cómo habías de usar esos dones. ¿Usaste tu entendimiento para conocerte a ti mismo y a mí, mi naturaleza, mis atributos y mis obras? ¿Usaste tu inteligencia en estudiar mi Palabra, meditando en ella de día y de noche? ¿Usaste tu memoria para atesorar el conocimiento que pudiera redundar en mi gloria, tu salvación o el bien de los demás? ¿Empleaste tu imaginación en todo aquello que haría bien a tu alma y fortificaría tu deseo de ser sabio y santo? ¿Me consagraste tu voluntad por completo y la sometiste enteramente a la mía? ¿Me diste tu corazón? ¿Fui yo el objeto de tu amor, el deleite de tu alma y el regocijo de tu corazón? ¿Temiste y odiaste únicamente el pecado? ¿Empleaste tus pensamientos en todo lo puro, en todo lo justo y en todas aquellas cosas que conducían a mi gloria y a la paz y buena voluntad entre los hombres?
¿Qué uso hiciste del cuerpo que te confié? Te di lengua para hablar en sazón. ¿La usaste en murmurar y hablar mal, en conversaciones ociosas y faltas de caridad, o en cosas necesarias y útiles a ti mismo y a los demás? Te di pies y manos y otros miembros para que hicieras las obras que se te habían preparado. ¿Los presentaste solamente a mí como «instrumentos de justicia», o los usaste como instrumentos del pecado?
¿En qué empleaste todos los bienes que puse en tus manos? ¿Tomaste tus alimentos para conservar el cuerpo en buena salud, con fuerzas y vigor, como un instrumento digno de tu alma? ¿Usaste tu ropa y tu casa con sencillez, para rendirme gloria, buscando en todo mi honra y no la tuya? ¿Qué uso hiciste del dinero? ¿Lo gastaste en gratificar los deseos de la carne, de la vista y la vanidad de la vida, desperdiciándolo en gastos inútiles, o lo acumulaste para dejarlo en herencia? Después de proveer a tus necesidades y a las de tu familia, ¿me diste lo demás, socorriendo a los pobres a quienes comisioné para que lo recibieran? ¿Fuiste un benefactor del género humano: diste de comer al hambriento, vestiste al desnudo, visitaste al enfermo, favoreciste al extranjero y ayudaste al afligido según las necesidades de cada uno? ¿Hiciste cuanto estaba a tu alcance por desempeñar todas las obras de misericordia?
¿Fuiste un mayordomo fiel y prudente en la administración de los talentos que te di? ¿Empleaste tu salud y tus fuerzas no en torpezas y en el pecado, sino en obtener la mejor parte que nadie puede quitarte? ¿Usaste las ventajas que te dio la educación, la sabiduría que adquiriste, tu conocimiento de las cosas y de los hombres, todo lo que se te encomendó, para promover la virtud en el mundo y el establecimiento de mi reino? ¿Empleaste todo el poder que tuviste y toda la influencia de que gozaste en aumentar su sabiduría y santidad? ¿Usaste ese don inestimable que es el tiempo con juicio y circunspección, sin perderlo, sino invirtiéndolo en una causa santa?
Sobre todo, ¿fuiste un buen administrador de mi gracia? ¿Escondiste mi gracia o la colocaste sobre lámpara para que iluminara un mundo oscuro ¿Presentaste desde entonces tu cuerpo y tu alma, todos tus pensamientos, tus palabras y acciones en una llama de amor, como un sacrificio santo, glorificándome con tu cuerpo y tu espíritu?
Entonces:
Bien, buen siervo y fiel. Entra en el gozo de tu Señor, porque fuiste fiel en lo poco, recibirás la corona de vida.
Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

