Para que os de, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu (Efesios 3:16)
El hombre natural tiene sus raíces en lo cotidiano, en los placeres, en la riqueza, en las ideologías, en la moda del momento. Se guía por lo sensible. Carece del Espíritu, mas no siempre fue así.
Creado el primer hombre a imagen y semejanza de Dios del polvo de la tierra, el Señor le da aliento de vida, le envía su ruaj, su espíritu. Y Adán, el hombre, fue vivificado. Amaba a Dios, anhelaba a Dios, su voluntad era la voluntad de Dios. Hasta que quiso ser como Dios. Engañados por Satanás, perdieron el espíritu de Dios. Ese ruaj de vida se apartó de ellos y aunque vivían y se movían, solo deseaban hacer el mal. Habían olvidado a su Creador. Su alma y cuerpo estaban manchados por el pecado. Engañoso es el corazón de los hombres y perverso, ¿Quién lo conocerá? (Jeremías 17:9)
Pero Dios no desecha a su creación. Llegará un día en el que derramará su Espíritu sobre toda carne (Joel 2:28) pondrá su espíritu dentro de su pueblo (Ez 36:26) para vivir. Un Espíritu que vendrá desde lo alto a la creación (Isaías 32:15)
Abiertos los cielos en el Jordán todos vieron al Espíritu de Dios que descendía como paloma sobre Jesús, mientras tronaba una voz en el cielo que decía: Tú eres mi Hijo Amado, en ti me complazco. El siervo y el escogido de Dios fue ungido por el Señor, tal y como Isaías prometió, poniendo sobre Él su espíritu (Isaías 42), espíritu, entre otras cosas, de fortaleza (Isaías 11) Juan bautizaba con agua, pero el que había de venir bautizaría con Espíritu Santo y fuego. He aquí Jesús fue el primero que inauguró la nueva era, la era del Espíritu. He aquí a Jesús, el Verbo de Dios, el Fiel y Verdadero, el que era, el que es y el que había de venir, que recibe en su cuerpo las heridas, el dolor, la purificación, el fuego, que te estaba destinado a ti. Él ha sido bautizado el Espíritu y en el fuego del sufrimiento, de la purificación del mundo, de tu reconciliación con el padre.
Derrotada la muerte con su resurrección, Él, el primogénito de los muertos, la primicia de los que durmieron, sopló a los apóstoles y les dijo: recibid el Espíritu Santo (Juan 20:22)
Ascendido a los cielos y exaltado a la diestra del Padre, los apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo en Hechos 2:4. Su vida cambió desde entonces. Anteriormente temerosos de las represalias de los judíos, se habían encerrado esperando su cruel destino. Recibido el Espíritu, ya no temían lo que puede hacerle el hombre porque su confiaba radicaba en el Señor. Ahora clamaban sin temor:
Alma mía, en Dios solamente reposa; Porque de él es mi esperanza… En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está la roca de mi fortaleza, y mi refugio (Salmo 62)
Alzaré mis ojos á los montes, De donde vendrá mi socorro. Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra (Salmo 121)
Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Salmo 23)
Aunque la higuera no florecerá, Ni en las vides habrá frutos… Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salud (Habacuc 3)
Este es el poder del Espíritu Santo, aquel que recibió Adán en el primer día para vivir conforme a la voluntad de Dios, aquél que recibió Jesús en el Jordán y que, con su muerte, resurrección y exaltación, sopló a los apóstoles en Pentecostés. Se ha abierto una nueva era, la era del Espíritu, prometida por los profetas, donde el lobo mora con el cordero, la espada es trocada por el arado y la tierra está llena del conocimiento del Señor. Este Reino de Dios que hoy os anuncio no vendrá en el distante futuro, sino está aquí entre nosotros. El Espíritu de Dios está sobre vosotros hoy. Este Espíritu ha limpiado vuestro corazón y os ha vivificado, según su Palabra.
Por tanto, el Espíritu de fortaleza que Jesús te ha enviado te sustenta, te hace ver que el amor de Dios no tiene límites. Tu hombre interior ha echado fuera el corazón de piedra, trocándolo por uno de carne que tiene sed del Dios vivo. En ese hombre interior corren ríos de agua viva que destruyen todo temor.
El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo. El Espíritu de fortaleza que en ti halla su morada disipa todo temor a enfermedad, desempleo, ruina, maldad o, incluso, la muerte. El Reino ya ha llegado y, junto a la Virgen María, te lanzas a clamar:
Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador (Lucas 1:46-47)
Oh, Padre Omnipotente, que enviaste a tu Hijo amado a reconciliarnos contigo por medio de su sangre, Oh Hijo que soplaste el Espíritu de vida a los Apóstoles, Oh Espíritu Santo, que vivificaste a los que estaban muertos en temor y pecados, susténtanos con tu Espíritu de fortaleza para que te sirvamos sin temor a los avatares de esta vida y podamos llegar al final del día, listos para habitar las moradas eternas que Cristo vino a prepararnos. En el nombre de Jesús, Amén.

