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Carlos Romero

Reverendo Diácono

Cuarto Domingo de Adviento: La venida del Hijo del Hombre.

Marcos 13

Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

Pocos discursos han sido tan mal interpretados como el llamado discurso del Monte de los Olivos, conocido entre los teólogos como Apocalipsis sinópticos. Mateo 21, Lucas 21 y Marcos 13 cuentan esencialmente la misma historia. El ministerio de Cristo está alcanzando su culmen. Recibido en Jerusalén con vivas y Hossanas al Hijo de David, Cristo proclama en estos días antecedentes a su pasión una serie de advertencias sobre el destino de la generación que lo había podido ver; el fin de una era, la de los judíos, la del templo y la de la Ley, estaba más cerca que nunca. El reino de Dios había llegado.

Jesús había presenciado el réprobo negocio que corroía el sistema espiritual judío. En tanto que expulsaba a los mercaderes y cambistas del templo, clamó que habían convertido la casa de su padre en una casa de ladrones. El lugar donde habitaba la shekiná, esto es, la presencia viva del propio Dios, lo puro entre los puros, estaba siendo profanado con mentiras, avaricia, corrupción e hipocresía. Refugiados bajo el paraguas del sistema sacrifical, los injustos se sentían impunes e intocables. Jeremías (7:11) ya advirtió de que la ira del Altísimo se acumulaba contra los inicuos; que ningún rito ni ningún sacrificio podría salvar al injusto impenitente del fuego abrasador. Jeremías anunció que el templo de Salomón correría la misma cruel suerte que Siló, arrasado por los filisteos.

Dios no atiende las suplicas de aquellos cuyas manos están manchadas de sangre. Isaías ya advirtió en figurado lenguaje que los reyes de la tierra no escaparán del castigo del Señor.  Los malos serán amontonados como se amontona a los encarcelados en mazmorra, y en prisión quedarán encerrados, y serán castigados después de muchos días.

Julio del año 586 a.C. El rey de Judea, Sedequías, desesperado por la inminente derrota, huye subrepticiamente de su palacio. En vano. Capturado por Nabucodonosor, la muerte de sus hijos fue lo último que vio antes de ser cegado y encadenado. De fondo, las llamas devoraban lo que otrora fue el Santísimo Lugar, el espacio reservado en exclusiva a Dios en el interior del templo de Jerusalén. El palacio real fue arrasado, junto con los muros y las casas, mientras que miles fueron llevados al exilio en Oriente.

La gloria del Señor sale del templo antes de su destrucción, deteniéndose en el Monte de los Olivos (Ez 11:22-23). El Señor no abandona a su pueblo, sino que enjuicia a los que, teniéndose por santos, eran profanos. El Señor volverá siglos después encarnado en un pequeño niño en Belén.

Similar situación de corrupción se vivía en la época de Cristo. Los labradores malvados que detentan la viña de Israel golpean y matan a los profetas y al Hijo del dueño; los invitados a las bodas desprecian la invitación del rey; la higuera, rica en vanagloria, pero carente de frutos, es desechada, seca y marchita. Los oídos de los fariseos y escribas, los ancianos y los sacerdotes, resonaban con tales palabras. Sus endurecidos corazones rechazaron al Hijo. Negaron al Hijo y por eso el Padre les negará a ellos. El reino de Dios les será quitado y dado a un pueblo que frutos produzca (Mateo 21:43)

El templo, esa maravillosa construcción que reinició Herodes el Grande, se levantaba imponente ante los discípulos de Jesús. Éste, tras advertir de lo que se aproxima a los lideres religiosos, abandona el templo y cruzando el valle del Cedrón, se asienta en el Monte de los Olivos, como nos narra Ezequiel que realizó Dios durante los convulsos días del asedio babilonio.

¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada- dice con seguridad. El juicio de Dios contra esta generación impía se avecina. Pero esta vez no será Babilonia el ejecutor del plan divino, sino será Roma.

Pedro, Juan, Santiago y Andrés, llevándolo aparte, angustiados, le preguntan: ¿Cuándo sucederán estas cosas?

Ante esta pregunta, Jesús enumera una serie de señales del fin que sus seguidores deberán identificar de la misma manera que el agricultor sabe que se acerca el verano cuando hojas verdes brotan espontáneamente de un seco árbol.

Jesús afirma:

  • Vendrán falsos Cristos. Simeón bar Cijón y Juan de Giscala, caudillos militares judíos, prometieron durante la guerra contra Roma, liberar al pueblo judío de toda dominación extranjera. El mesianismo, mal entendido en aquel entonces, encajaba plenamente en ellos.
  • Habrá guerras y rumores de guerras; se levantará nación contra nación y reino contra reino. Josefo nos narra como las guerras civiles entre los propios judíos rebeldes dentro de Jerusalén allanaban el camino conquistador del águila romana. Miles de judíos de la diáspora se apelotonaban en la Pascua en Jerusalén, discutiendo entre sí. La destrucción romana en Judea solo se detuvo un breve tiempo con la propia guerra civil que asolaba el imperio en los años 68-69.
  • Terremotos, hambres y alborotos. La ciudad de Jerusalén, rodeada por las cuatro legiones romanas, suspiraba de angustia, hambre y terror. Escaseaban los alimentos por causa del asedio romano. Las murallas temblaban, azotadas por la artillería romana. Mas esto solo será el inicio de los dolores de parto. Lo peor del asedio estaba aún por venir.
  • El padre entregará al hijo a la muerte. Ilustra Josefo como en la desesperación más inhumana, una madre asesinó a su bebé para comérselo. El infierno en la tierra se estaba desencadenando en la Jerusalén asediada.
  • En tanto que tales desgracias caían sobre la capital del pecado, los cristianos eran entregados a los concilios y sinagogas para ser azotados. Testimonio darán a gobernadores y reyes. Juan y Pedro azotados ante el Sanedrín (Hechos 4), el cuerpo del diácono Esteban sin vida, lapidado en el suelo de Jerusalén (Hechos 7), Pablo apaleado en Listra por judíos (Hechos 14:19) o Pablo testimoniando sobre Cristo ante el gobernador Félix (Hechos 24) y ante el rey Agripa II (Hechos 26) Todos, aborrecidos, perseveraron hasta el fin.
  • El Evangelio será predicado por todas las naciones. De España a la India, el mensaje de Cristo se había abierto a todas las naciones. A los judíos se les estaba retirando la posesión de la viña, para dársela a los gentiles, gentes lejanas que estaban recibiendo el mensaje de salvación con un amor y una pasión nunca vistas entre los que se tenían por elegidos.
  • Los cristianos verán la abominación desoladora de la que hablo el profeta Daniel colocada donde no debe estar. He aquí la señal de que el cristiano debe huir de Judea a los montes. La abominación desoladora de Daniel eran las tropas del impío rey Antíoco IV que, conquistada Jerusalén, profanó el templo, realizando allí sacrificios a los ídolos.

La abominación se aproxima al paso de las legiones romanas que, rota la muralla, se dispersan sobre la ciudad, cuyos habitantes mueren a filo de espada, llenando sus calles de ríos de sangre. Una antorcha lanzada a una de las telas del templo multiplica su fuego y, de pronto, el recinto sagrado, en corazón de la religiosidad judía, aquel majestuoso edificio, levantado para mayor gloria de la generación impía, se derrumba entre estrépito, sangre y fuego. Los sacros objetos reservados para los ritos han sido profanados y llevados a Roma para ser exhibidos durante el triunfo del vencedor César Tito.

El fin de la era había llegado. Entonces, aquellos mismos que años antes escupieron sobre Jesús y pidieron su sangre, vieron como Aquel al que escarnecieron venía sobre una nube con gran poder y gloria.

El Hijo del Hombre es aquel ser al que Daniel (7:13) vio sobre las nubes, dotado de dominio, gloria y reino, por parte del Padre, que regía con cetro de hierro a todas las naciones. He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por Él (Ap 1:7)

Incluso los enormes astros celestiales enmudecen, dejan de brillar y caen ante la presencia del Hijo del Hombre. Estos bellos recursos literarios apuntan a una poderosa realidad: Cristo domina todo, nada se le resiste.

He aquí la venida del Hijo de la que Jesús nos habla hoy. Con ello aprendemos que la justicia de Dios es grande y que nuestro Señor no deja que el mal tenga la última palabra; que la exaltación de Cristo, a la diestra del Padre, puso a este enemigo maligno bajo sus pies. Esta venida que es para juicio y que nos enseña la verdadera naturaleza de Cristo como Hijo de Hombre.

Esta venida, por tanto, manifiesta el poder y la justicia de Dios en el monte Sión. La luna se avergonzará, y el sol se confundirá, cuando Jehová de los ejércitos reine en el monte de Sion y en Jerusalén, y delante de sus ancianos sea glorioso.

Todo esto pasó en la generación que vio y condenó a Jesús, la más impía de todas las generaciones; la generación cuyo castigo sobrepasó al de Gomorra. Un castigo que apunta como señal al que sufrirán los impíos tras el juicio final, allá donde la polilla y el orín destruyen; allí donde el llanto y crujir de dientes tienen su morada; allí donde permanecen los injustos, apartados eternamente de la presencia del Señor, de igual modo que el Señor se apartó de Jerusalén en estos días de pesadilla presagiados por Cristo.

Mas no temas, porque de la misma manera que Jesús salvó a los suyos de tal desolador destino, Él se preocupa por ti. El Hijo del Hombre, nacido de mujer, como tú, vino para servir y no para ser servido; acudió al mundo para dar su vida por su pueblo; para que, cargando en su propio cuerpo santo con el castigo que tú merecías y resucitando de entre los muertos, tú puedas alcanzar vida eterna, resucitando también en los días postreros; para que, formando parte de la Jerusalén celestial que desciende como novia preparada para su esposo, Cristo, seas uno con Dios en los nuevos cielos y la nueva tierra, donde toda lágrima será enjuagada y donde disfrutaremos de la presencia pura de Dios, cara a cara. Esta es la venida que aguardamos, con la esperanza de que el peor enemigo, la muerte, ha sido ya aplastado como lo fue la Jerusalén terrenal antaño.

Ven, Señor Jesús. Te esperamos.

En Almería, a 07/12/2025.

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