Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él (Efesios 1: 17)
La ciudad de Éfeso llegó a ser la ciudad más populosa del Asia Menor. La comunidad cristiana en la ciudad, formada en su mayor parte por gentiles conversos a la fe del Nazareno, era laboriosa, fiel en doctrina y perseverante, caritativa, mas carente, según nos cuenta Juan en Apocalipsis 2 del primer amor, de la unión íntima con Cristo.
Pablo escribe con caridad desde su cautiverio en Roma a una comunidad que él mismo ayudó a formar. Pablo recuerda a los efesios que él pide incansablemente en sus preces que sus amados efesios reciban de parte de Dios el espíritu de sabiduría y de revelación en su conocimiento. Mas, ¿qué significa tal espíritu?
Habiendo creado Dios al hombre bueno, a su imagen y semejanza, el primer Adán estaba dotado de entendimiento, capacidad para comprender todo lo que le rodeaba, comenzando por su creador, Dios. Estaba dotado de voluntad para hacer su voluntad y de libertad para servir a su Creador, conforme a lo que él sabía que era bueno. Estas cualidades de entendimiento, voluntad y libertad formaban la imagen natural de Dios en él.
Adán poseía el espíritu de sabiduría de Dios. Fue dotado de esta capacidad de distinguir y tomar la decisión correcta en todo tiempo y lugar, así como amar a Dios con todo su corazón, mente y fuerzas. Con semejante atribución la creación estaba bien juzgada por él.
Aún después de pecar, Adán y Eva, conocedores de su desnudez, de su debilidad y flaqueza ante la santidad de Dios, se escondieron de Él. De Él se alejaron. De Él se apartaron, oscureciendo la imagen, el sello del Creador en su seno, que ya, por si mismos, no pueden, ni podéis percibir las cosas que son del Espíritu de Dios.
Aunque Dios se manifestaba en la creación, su espíritu de pecado les impedía conocerlo. No glorifican a Dios ni les dan gracias, sino que, profesando ser sabios, se hicieron necios. No hay conocimiento de Dios en la tierra (Oseas 4:1)
Al igual que Adán se miraba a sí mismo, deseando ser como Dios, hoy día, el pecador se tiene por sabio. Todo camino del hombre es recto en su propia opinión, mas el Señor pesa los corazones (Proverbios 21:2) Como el fariseo, el pecador ora consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano (Lucas 18:11-12) El pecador procura establecer su propia justicia, ignorando la de Dios. Todo ello porque simplemente no conoce a su Señor.
Cristo vino al mundo precisamente para abrir los ojos de los que no podían conocer a Dios. El Hijo se hizo hombre para revelar al Padre. Sobre Él reposa el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia (Isaías 11:1-2) El niño que crecía y se llenaba de sabiduría (Lucas 2:40). Él que como Adán disponía de la capacidad de amar y de conocer a Dios, a diferencia de Adán, cumplió a la perfección la voluntad del Padre.
A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Juan 1:18)
Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6)
He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, también el pecado de la ignorancia y la soberbia. Cristo hecho hombre revela quien verdaderamente es Dios. ¿Cómo se revela Dios?
En la cruz. Cuando percibes el martirio, el sacrificio eterno, del Hijo en la Cruz, estás viendo el verdadero rostro de Dios. El que me ha visto a mi, ha visto al Padre (Juan 14:9) Dios muestra cuanto te ama, en que, siendo aún pecador, ciego e ignorante, Cristo muere por ti para que vivas por Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:9-10)
De esta manera, Dios cumple su promesa: Destruiré la sabiduría de los sabios. El que se tiene por justo al polvo volverá porque Dios resiste a los soberbios. Ahora puedes conocer a Dios, mediante la verdadera sabiduría a través de la locura de la predicación de la cruz. Lo vil del mundo escogió Dios para deshacer la sabiduría del mundo. En la Cruz ves a Dios hecho hombre sangrando por ti. En el sepulcro vacío ves a Dios hecho hombre triunfante sobre las garras de la muerte. Este es el poder de tu Dios.
Tras su Ascensión a la diestra del Padre, el Hijo te envía al Espíritu Santo. Él te enseña quien es Dios porque Él mismo es Dios. Este es el Espíritu por el que Pablo clama: Ven, espíritu ven. Ven para que sepamos lo que Dios nos ha concedido. Él te revela el amor de Dios para contigo.
El Espíritu alumbra tus ojos para que entiendas no solo con la razón, con la justicia de este mundo, con los ojos sensibles del mundo, sino con el corazón, con tu alma. Conocer a Dios no implica un mero conocimiento intelectual de que existe Dios, de que es bueno y de que envió a Cristo a morir por el mundo. Es ver a Dios cara a cara en el rostro de Jesús.
El conocimiento de Dios implica entrar en su reino y su reino no es otra cosa que justicia, paz y gozo en el Señor. Este es el Espíritu que Pablo anhela que recaiga sobre los efesios a fin de que recuperen su perdido primer amor.
El conocer a Dios implica ser transformado en su justicia. Implica amar a Dios con todo tu corazón, mente y alma. Es el conocimiento, mediante el cual has sido transformado conforme a la imagen de Dios. El conocimiento que te lanza a amar a tu prójimo porque en él ves la imagen de tu Libertador.
El conocer a Dios es experimentar, sentir en tu corazón, la paz que sobrepasa todo entendimiento. Esta paz por la que has sido perdonado de toda iniquidad. Sentir paz sabiendo que, justificado por la fe, no tienes ninguna condenación para ti. Es tener certeza de que has sido liberad de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de su amado Hijo.
El conocer a Dios te hace cantar con gozo el salmo 32, pensando en ti, declarando:
Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad,
Y en cuyo espíritu no hay engaño.
Esta justicia, gozo y paz te garantiza una bella esperanza: la de la resurrección que Cristo selló en la nueva tierra. Él te ha hecho renacer en una nueva esperanza por la resurrección de los muertos de Jesús. Y todo ello gracias a que has recibido el Espíritu de adopción, aquel que te permite conocer a Dios y clamar: Abba, Padre.
Y he aquí la vida eterna: conocerte a ti, Señor, como único verdadero y a Jesucristo, a quien has enviado.
Gracias, Señor, por haberme revelado tu verdadero rostro de amor para conmigo mediante tu amado Hijo que, derrotando al imperio de la muerte, me ha rescatado de la oscuridad de la muerte.
Oremos, Señor, te suplicamos que, por tu infinita misericordia, derrames el Espíritu de sabiduría y entendimiento en nuestros corazones, aquí y ahora. Concede, Señor, que podamos conocerte tal y como te revelaste en Jesucristo que, aun siendo inocente, murió por nosotros y resucitó de entre los muertos para que nosotros podamos resucitar en el día postrero. Haz, Señor, que podamos sentir el gozo y la paz que tanto anhelamos, sabiendo que no tenemos ya condenación para ti gracias a la obra misericordiosa de tu amado Hijo.

