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Carlos Romero

Reverendo Diácono

Segundo Domingo después de Pascua: la fe que no elimina el mal, sino que lo vence .

Al momento Jesús, teniéndole la mano lo agarró y le dijo: hombre de poca fe, ¿por qué dudas? (Mateo 14:31)

El viento azotaba inmisericorde las aguas del mar de Galilea. Los apóstoles en la barca claman asustados. Van a perecer. Al fondo, entre el las crueles ráfagas de viento y las amenazantes olas, una figura camina. Una figura como de Hijo de Hombre se acerca a ellos. Trasmite paz y calma. A lo lejos les grita: No temáis, Yo soy.

Así como el Espíritu se movía sobre las aguas en medio del caos primigenio, el Hijo camina sobre la tempestad. El Padre creó el mundo por medio de Él. Él es la Palabra de vida y orden.  Todas las cosas por él fueron hechas (Juan 1:2) La creación, representada en los cuatro seres del Apocalipsis, se postra ante el Hijo que está sentado en el trono. “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.”(Apocalipsis 4:11) grita la creación.

En el clímax del caos y la violencia de los elementos, surge una poderosa voz: “No temáis. Yo soy” El eco del tembloroso Moisés ante la zarza ardiente en el monte Sinaí resuena en nuestros oídos. Ante la presencia del Dios de sus padres, aquel que carece de forma, de rostro, hasta de nombre, Moisés cae presa del pánico. Ve, porque yo estaré contigo”, Dios asegura que jamás se apartará de Moisés. Yo soy el que soy, le dice el Señor a su profeta. El árbol arde, pero no se quema. La creación está al servicio de su creador. Dios jamás abandona.

Dios comparte su nombre con Moisés en la zarza. Ahora Cristo es el propio Dios encarnado en acción. El autor del Yo soy era el mismo que habló a Moisés en el Sinaí. El Dios que habló a Moisés desde la zarza es el que camina ahora hacia los discípulos sobre el mar.

Al oir la voz de su maestro, la calma parece retornar a las atribuladas almas de los discípulos. Adelantándose a los demás, Pedro exclama: “Señor, si de verdad eres tú, mándame ir a ti”. Pedro rectamente hablaste. Pedro sabe que separados de Cristo nada podéis hacer. Pedro sabe que con todo lo puede en Cristo que le fortalece. Hasta lo imposible La fe es capaz de decirle a un monte que se echara al mar y sería hecho. Hasta controlar los elementos, venciendo a la gravedad. Toda la creación obedece al Señor, el autor de las leyes físicas puede emplearlas para glorificar a su Padre. Pedro da un salto de fe y se apea de la barca. Cae al agua mas no se hunde en ella. Cualquier otro se habría aferrado a la seguridad aparente de su barca. Es imposible caminar sobre las aguas. Prefiero aferrarme a lo que conozco. Creo en Jesús, sí, pero no confío en Él. Con mi boca lo confieso, pero mi corazón se aferra a lo seguro.

El valiente Pedro da el salto de fe y camina sobre las aguas. Ni la tormenta ni la gravedad detienen su fe. Es una fe que le hace confiar hasta su vida al autor de la vida. Da unos pasos, avanza, pero se detiene. Ha empezado su camino pero la dificultad del trayecto lo atenaza. Tiene miedo. Tras haber vencido el reto inicial, se asusta del que viene. Has confesado a Cristo, has iniciado su vida cristiana, mas la violencia del mundo te asusta y te olvidas. Como la semilla sembrada en pedregales que, oyendo la palabra, la recibe con gozo pero, carente de raíz, cuando viene la persecución tropieza.

Pedro principia a hundirse. Su fe flaquea. Tu fe a veces se debilita con la vida. Dolor, dudas, rencor y pecado hacen mella en ti y comienzas a hundirte en las aguas de la desesperación y del sufrimiento. Mientras Pedro y tu os hundís paulatinamente, fruto del peso de vuestras inseguridades, surge una mano. La diestra de Dios, fuerte y poderosa, os agarra con brío. Cristo, el Buen Pastor, no abandona a los suyos. Jesús afirmó que estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. El te dijo: “no te desampararé, ni te dejaré” (Josué 1:5)

Jesús no manda en este momento a los vientos que se calme, sino que rescata a Pedro. Jesús no te va a dar una vida fácil, carente de retos, sufrimientos o adversidades. Jesús es aquel que en medio del caos surge para darte la mano y levantarte. Él no te exige perfección, Él conoce tus limitaciones. Sabe que caerás. Por eso se hizo hombre. Tornóse hombre para cargar el peso de tu dolor sobre su cuerpo y espíritu. Experimentar tu sufrimiento diario, satisfaciendo la justicia del Padre. Colocado en la Cruz en tu lugar, te rescató del poder del pecado. Como a Pedro, te está ofreciendo su mano salvadora para tu salvación. Él no te asegura una existencia fácil porque el mal persiste en el mundo por el momento. Él te está diciendo que el mal no tiene la última palabra porque Él venció a la muerte. El te acompaña en el dolor y la duda. No deja que te hundas. Él te carga en sus hombros para asegurarte vida eterna. Coge su mano. Confía solo en Él y aunque te hundas, vivirás.

El rescatado y atónito Pedro, de nuevo en la barca, junto a los demás, ya a salvo, se postra ante Jesús y le adora. “Verdaderamente eres el Hijo de Dios”. Reconocen que Dios le ha dado a Jesús todo dominio, poder y gloria sobre la creación. Él es el Hijo y señor de David, cuyo reinado jamás tendrá fin. Él es el Mesías que traerá la paz al mundo. Adoran al Hijo porque ni las tempestades del temido mar pueden con Él. Adoran a Jesús porque les ha rescatado de la muerte y porque jamás los abandonará. Ahora confían y están preparados para cualquier acechanza que los poderes del mundo hayan preparado contra ellos. ¿Y tú?¿Estás dispuesto a realizar este salto de fe y dejarte rescatar de entre las aguas del mundo para servir a aquel que dio su vida por ti?

En Almería, a 19/04/2026.

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