Picture of Carlos Romero

Carlos Romero

Reverendo Diácono

Noveno Domingo después de la Trinidad: ¿Dónde está tu poder, oh muerte?

Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar (Lucas 7:14-15)

La muerte siempre ha sido una tragedia en la historia humana. En los albores de la historia humana, Moisés intentó explicar el origen de la muerte en el hombre. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, libre de dolor y del poder de la muerte. Disponiendo del árbol de la vida en el frondoso jardín del Edén, Adán era libre de vivir eternamente en armonía con su Creador, con una condición:

De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás (Génesis 2:16-17)

Atraído por la belleza del fruto e inducido por Eva y por la serpiente, Adán desobedeció y comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos y conocieron que estabas desnudos (Génesis 3:7), escondiéndose de la presencia del Señor (3:8) Al desobedecer vieron realmente el mal y su debilidad. Sintieron vergüenza. Su debilidad contrastaba con la Majestuosidad del Dios vivo que los creó por amor. Desde ese día, entró el pecado y la muerte en el mundo. El pecado por la desobediencia y la muerte como consecuencia de tal rebelión.

Nadie que no sea puro podrá ver a Dios y sobrevivir y Adán no era puro. Había pecado y, en consecuencia, merecía morir física y espiritualmente. La Biblia es preclara en este asunto: la muerte física es fruto de la muerte espiritual, esto es, de la desobediencia hacia el Señor.  El alma que pecare, esa morirá (Exequiel 18:20) La paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23)

Situada en el sur de Galilea, cerca de Nazaret, la aldea de Naín estaba de luto. Una procesión de atribulados galileos escoltaba el féretro de un joven recientemente fallecido. El cadáver era portado sin cubrir, a la vista de todos. Su madre, una desconsolada viuda, lideraba, llorosa, la multitud. En el mundo judío una mujer viuda son hijos sufriría un trágico porvenir. Sin caridad publica para su sustento, estaría condenada a morir en la mayor miseria. Por tanto, la madre lloraba no solo por la terrible perdida de su hijo, sino también por su futuro. ¿Merecía la pena vivir en tal condición?

Jesús se aproxima al féretro y lo toca. Las leyes de Moisés consideraban impuro a todo aquel que tocara un cadáver. Durante 7 días será inmundo (Números 19:14). Jesús es la pureza de Dios encarnada. El jamás no conoció pecado y ni la muerte pudo detenerlo. Jesús se enfrenta a la muerte. Él vino para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Hebreos 2:14)

A la atónita madre le dice: No llores. Él es la resurrección y la vida. Hay consuelo en Cristo. Sólo Él ha podido derrotar al peor de los enemigos la muerte. En la filosofía griega, el consuelo habría sido muy distinto. El estoico le habría dicho: no llores porque no depende de ti la muerte de tu hijo. “Huye del dolor, tu hijo ya no sufre. Tu hijo ya no existe”, le dirían los epicúreos. El platónico, en cambio, intentaría consolarla, señalando que su alma sigue su curso aunque su cuerpo corrupto desaparezca. Nunca lo volvería a ver tal cual como es” Cristo cambia totalmente el enfoque. Él está por encima de la muerte.,

Clama dirigiéndose al joven inerte: Joven, a ti te digo, levántate. Y así como del polvo surgió Adán y así como de los secos huesos en Ezequiel, surgió la vida, el joven muerto se levantó inmediatamente, lleno de vida. El Espíritu de Dios, enviado por Cristo, lo hizo pasar de muerte a vida, anticipando la resurrección final. He aquí una señal de que verdaderamente el reino de Dios se había acercado. Una señal de que Dios obraba en sufre su pueblo, dando vida a lo que estaba muerto; corrigiendo los defectos que la muerte y el pecado había traído.  Las señales del Mesías prometido tendían a la corrección del mal que habita en la tierra. Las enfermedades y la muerte se doblegaban ante Él. El reino de Dios había dejado de estar recluido en el templo y se expandía, curando y sanando, anticipando la nueva creación.

Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán (Isaías 35:5)

Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. (Daniel 12:2)

El Padre levantó al tercer día al Hijo de entre los muertos, no dejó que su alma viera corrupción en el Seol (Salmo 16). Él fue la primicia de los que durmieron, el primero de los resucitados. Él ha inaugurado una nueva era donde la muerte no tiene poder sobre ti. Él tiene las llaves del Hades. Ello significa que tiene autoridad sobre ella. Se ha inaugurado el tiempo en el que, derrotada la muerte, al final de su reinado, el postrer enemigo que Él destruirá será la propia muerte.

Dios ha visitado a su pueblo” exclamaron los que vieron a Jesús actuar. Ellos vieron en Jesús las milagrosas resurrecciones que Elías o Elíseo realizaron. Mas Jesús no era solo un gran profeta. Él es el Cordero Resucitado que inaugura una nueva era. En Él se cumple lo dicho por Oseas:

De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, yo seré tus plagas; y seré tu destrucción (Oseas 13:14)

No temas la muerte. No porque sea inevitable o porque el alma se va al cielo. No la temas porque ha sido aplastada por Cristo. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:55)

Así como Cristo inauguró una nueva era, tu fe ha inaugurado una nueva vida en Cristo. Crucificado con Cristo, ya no vive tu antiguo yo, temeroso de la muerte, sino vive Cristo, triunfante sobre la muerte en ti. Ya no sirves al pecado ni a la muerte espiritual, sino que sirves a Dios, amándolo y a tu prójimo, sirviéndolo.

Cristo te ha abierto el camino a la vida eterna. En la nueva tierra, lo que sembraste en corrupción de este cuerpo, resucitará en la incorrupción del cuerpo glorificado, celestial y espiritual. Resucitarás con cuerpo celestial, santo, puro, sin mácula, lavado todo pecado por la sangre de Cristo. Cuando suene la trompeta, la muerte ya no existirá más. Bienaventurados los que tienen parte en las Bodas del Cordero, allá donde el dolor, la enfermedad y la muerte no tienen cabida.

Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. (1 Timoteo 1:17)

En Almería, a 02/07/2026.